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Cuando la mente no se calla

  • mikelladesign
  • 5 abr 2025
  • 2 Min. de lectura

Aprender a hacer las paces con el ruido interno


Introducción


¿Sientes que tu mente nunca se detiene?

Ese diálogo constante, a veces insistente, que aparece incluso cuando no lo invitas.

Si te pasa, no estás sola. Yo también he vivido con ese “cotorreo mental” desde que tengo memoria. Durante años pensé que era mi mayor obstáculo… hasta que descubrí que era una parte de mí que pedía ser vista, escuchada y comprendida.


Foto minimalista de una mujer sentada en silencio con los ojos cerrados, luz cálida, fondo natural

Una mente ruidosa, una niña sensible


Desde pequeña, mi mente era un torbellino de ideas, preguntas, miedos e historias. A veces, ese ruido no me dejaba dormir. Recuerdo noches enteras donde lo único que quería era silencio… paz.


magen de una mujer acostada en la cama con expresión pensativa, rodeada de una atmósfera suave

En 2015 decidí buscar ayuda profesional. Llegué al consultorio de un psicólogo con la ilusión de que una pastilla mágica haría desaparecer esa voz. Imaginé que me escucharía, entendería el caos que sentía, y me ofrecería una salida clara.


Pero no fue así.


Neptuno y el teatro mental


Siempre he tenido una imaginación viva, casi cinematográfica. Soy Piscis, hija de Neptuno, el planeta que rige la espiritualidad, la fantasía, los mundos sutiles.

Y claro… una mente como la mía no podía quedarse quieta.


Ilustración suave de una mente llena de personajes, escenarios o planetas flotando

Durante esa sesión con el psicólogo, incluso imaginé estar en el otro asiento, diagnosticándome a mí misma, enumerando síntomas, cambiando de rol como si mi mente fuera un teatro interno. ¿Quién necesita compañía cuando su mundo mental está lleno de personajes?


Una respuesta que no esperaba


Después de contar mi historia con detalle, me quedé en silencio esperando… algo.

El psicólogo miró su reloj, y con voz monótona me sugirió otra sesión.

No había contención, no había mirada profunda. Solo el eco de una sala fría.


No regresé.


El camino no fue con él… era conmigo


Mientras manejaba a casa, me sentía decepcionada. Pero algo en mí también lo comprendió: esa parte del camino debía recorrerla sola. No porque no valore la psicología, sino porque mi alma no se sintió vista ahí. Y eso, para mí, lo era todo.


Años después…


Hoy, una década después, entiendo que mi mente no era mi enemiga.

Era una parte herida, inquieta, creativa… que solo pedía atención. Aprendí a observarla sin pelear con ella. A reconocer sus personajes, sus repeticiones, su miedo a quedarse sola.


Foto minimalista de una mujer sentada en silencio con los ojos cerrados, luz cálida, fondo natural

Ahora, cuando la mente habla, ya no me identifico. Me convierto en observadora.

A veces la abrazo, otras simplemente la dejo hablar y luego la invito a guardar silencio.


Y en ese espacio… aparece algo más profundo.


Una voz más suave.


La de mi alma.

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